sábado, 22 de junio de 2013




Lo peor que hice en mi vida ocurrió hace doce años, cuando tenía dieciséis y vivía en Cleveland, Ohio. Fue al comienzo de otoño, cuando las hojas estaban empezando a tornarse naranjas y la temperatura comenzaba a decaer, haciendo alusión al torrente frío que estaba a pocos meses de distancia. La escuela acababa de empezar, pero toda la emoción de regresar y reunirse con los viejos amigos había sido sustituida por la idea de que estábamos cautivos en un lugar que sólo quería cargarnos de trabajo.
Naturalmente, mis amigos y yo estábamos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de recordar cómo era cuando no teníamos obligaciones, aquellos días de verano libres de responsabilidades.
A principios de ese año, uno de mis amigos del trabajo —en McDonalds, que algunas personas creen que es algo poco convincente, pero la pasé bien allí— me había enseñado una técnica para «morir» con la ayuda de un asistente y regresar a la vida a los pocos segundos.
Funcionaba así: la persona haría diez respiraciones largas y profundas, y en la décima cerraría sus ojos, apretando los parpados y conteniendo la respiración tan firmemente como le fuera posible, mientras cruzaba sus muñecas sobre el corazón. Entonces el asistente le daría un abrazo fuerte desde atrás, apretando las muñecas de la persona contra el esternón. En cuestión de segundos ésta perdería la conciencia. El efecto dura sólo un segundo o dos, pero pareciera que hubieses estado fuera de tu cuerpo por horas, y cuando retomas la conciencia, la sensación de desorientación, de no saber en dónde demonios estás o qué estás haciendo allí, es impresionante.
Sé que algunas personas dirán, «¿Qué carajo? ¿Sos retrasado o algo así?», y sí, ahora sé que probablemente matábamos millones de neuronas cada vez que «moríamos»; pero yo era un joven de dieciséis años, aburrido a más no poder y creía que era genial. Os alentaría a probarlo para que lo experimentaseis por vuestra cuenta, pero luego de lo sucedido, nunca se lo recomendaría a nadie.
Otro efecto secundario interesante de esto, que fue en realidad la razón por la cual lo hacíamos, es que mientras permaneces «fuera» de tu cuerpo, siempre estás lúcido y tienes sueños vívidos que puedes recordar fácilmente al despertar (después de todo sólo te has dormido por unos segundos). Éramos buenos chicos y nunca probaríamos drogas, así que para nosotros esto era lo que el LSD era para un hombre pobre.
Las visiones o sueños están relacionados de alguna forma con lo que veías justo antes de morir. Por ejemplo, una vez soñé que estaba escalando una montaña, estaba en la cima del Himalaya o algo así, pero había un pasamanos. ¿Quién diablos pone un pasamanos de escalera a 6,000 metros de altura? Cuando volví a mi cuerpo y recordé en dónde estaba, me di cuenta de que había estado mirando la escalera que se encontraba en una esquina de la sala de estar de mi novia. En otra ocasión, tuve una visión de Pedro Picapiedra sonriendo y levantando sus manos delante de un mural con el logotipo de la ERAD (Educación de Resistencia al Abuso de Drogas, un programa en el cual policías enseñan a los niños de escuelas públicas sobre estos asuntos), y cuando volví a mi cuerpo pude ver que mi amigo Brett tenía el mismo logotipo en su camiseta. Ahora, de dónde salió Pedro Picapiedra, no tengo idea.
Nuestras visiones siempre eran sobre cosas mundanas, nunca nada raro. Hasta ese día. Como dije, hacía un mes que estábamos en época de clases y hartos de ella. Habíamos salido a pasar el rato afuera, estábamos sentados en las vigas de las torres de alta tensión, en la parte de abajo. Mi amigo Mike subió hasta el segundo nivel de las vigas para estar más alto.
Era un cálido día de octubre y el cielo estaba gris. Lentamente, el cielo fue oscureciendo cada vez más; y en Cleveland eso probablemente significaba que en cualquier momento la temperatura podría descender y, si éramos realmente desafortunados, una lluvia helada podría empezar a caer. El aire estaba pesado y se podía oír el leve zumbido de los cables de alta tensión sobre nosotros. Definitivamente no quería pasar los últimos momentos de una linda tarde de sábado subiéndome a una torre de alta tensión, saltar al suelo y quejarme luego del dolor en mis pies, sólo para hacerlo una y otra vez como estúpidos.
—Hey, ¡vamos a morir por un rato! —dije. Para ese tiempo, dejar nuestro cuerpo no era tan divertido como cuando lo descubrimos, pero era mucho mejor que lo que estábamos haciendo. Vince estuvo de acuerdo, al igual que Richard, pero Mike, el que saltaba desde más alto de la torre, preguntó de qué carajo estábamos hablando.
—Joder, ¿nunca te indujiste el desmayo antes? —preguntó Vince. Mike respondió que no, él había pasado todo el verano en casa de su madre y no estaba al tanto de lo que nosotros habíamos hecho—. Amigo, ¡tienes que probar esto! Mira, te mostraremos.
Vince y yo nos bajamos de la torre, cayendo de pie en el césped. Yo hice las diez respiraciones, apreté los ojos y contuve la respiración. Entonces sentí a mi amigo presionar sus brazos contra mi pecho y, de repente, como si fuese lo más natural del mundo, una langosta gigante estaba trepándose a una de las torres, bajo el mar. Algas marinas crecían del fondo de arena bajo mis pies. Lo siguiente que recuerdo es que cuando desperté Vince y Richard me estaban preguntando, «¡Amigo, ¿qué has visto?! ¿Qué has soñado?». La parte de atrás de mi cabeza me dolía mucho, me estaba matando.
—Mierda, ¿me dejaste caer? —pregunté. Yo no era muy pesado, pero Vince era bastante débil. Él solo se quedó mirándome, y Richard me dijo que sí me había dejado caer. Me preguntaron nuevamente qué vi. Me froté la cabeza y les dije que una langosta, que estaba pellizcándole la cabeza a Vince con sus tenazas. Me volví hacia Mike, y le dije:
—¿Ves? ¡Es increíble! ¡Tienes que probarlo!
—Y una mierda —respondió—, no me fío lo suficiente de ninguno de ustedes como para hacer eso.
—¡Vamos hombre! Tienes que probarlo; no es más peligroso que estar trepado allí. Te prometo que no te dejaré caer como este idiota lo hizo conmigo —le persuadí.
Lo consideró por un momento. Luego saltó de donde estaba, se incorporó y dijo:
—Bien, una vez.
Repitió las diez respiraciones profundas conmigo de asistente para asegurarse de que no lo dejaríamos caer. Contuvo la respiración y yo lo ayudé a caer en ese otro lugar. Sentí el cambio de peso en su cuerpo, y él era un tipo robusto, así que me aseguré de bajarlo lentamente para que no se lastimara. Justo cuando tocó el suelo, volvió en sí.
Despertó gritando.
—¡Mierda! ¡MIERDA! ¡Déjame, aléjate de mí! —gritaba, al tiempo que se levantó de un salto agitando sus brazos alrededor de su cabeza.
Todos retrocedimos, con miedo de ser golpeados por su frenesí; pero más miedo tenía de lo que estaba viendo. Después de unos siete segundos, el doble de lo que generalmente tardábamos en darnos cuenta de dónde estábamos, se tranquilizó.
—Mierda, mierda, mierda…
Jadeaba, respiraba con dificultad, tomando grandes boconadas de aire. Se quedó de pie, encorvado, hasta que cayó de rodillas. Comenzó a mecerse, retorciendo las manos y murmurando.
—Santa madre de Dios, ¿qué demonios has visto? —dijo Vince, pero Mike no respondía. Me le acerqué lentamente y a medida que lo hacía, lo escuchaba sollozar en silencio. Eso en nuestro mundo de «machos» era castigado con la muerte, pero por supuesto, nadie dijo nada. Apoyé una mano en su hombro, pero en cuanto lo toqué dio un grito y saltó para atrás golpeándose la espalda contra la torre. Se abrazó a la columna de la torre, mirándonos con los ojos desorbitados, una mirada de terror absoluto. Pensaría quizá que éramos demonios del averno.
Si en algún momento pensé que estaba bromeando, esa mirada me quitó toda duda. Eso, y lo que sucedió después.
Ninguno dijo nada. A los diez minutos Mike se había tranquilizado lo suficiente como para que Richard lo acompañara a su casa. La temperatura había decaído y comenzó a llover. Le dije a Vince que me iba a mi casa, y le dije que nos veríamos mañana. Siempre pasábamos los días lluviosos jugando Mortal Combat en nuestro SNES, pero no dijo nada. Probablemente querría pasar un tiempo a solas para reflexionar sobre lo que había pasado. Como yo.
Al día siguiente fui a ver cómo estaba Mike, pero él y su familia salieron todo el día. Le pregunté más tarde a dónde habían ido, pero no me respondió. Creo que fueron con un psicólogo puesto que cuando lo vi de nuevo, el martes, parecía estar mejor. Los siguientes días nos juntábamos normalmente, como antes, pero Mike aún no decía lo que había visto. Hablábamos de cosas sin importancia. No fue hasta el sábado de esa semana cuando me contó lo que pasaba.
Estábamos caminando por una calle tranquila del barrio hacia el puente peatonal que cruza el arroyo. Yo hablaba de una chica mayor que conocía, cuando me interrumpió de repente.
—No voy a estar aquí mucho más tiempo.
—¿Cómo? —le pregunté.
—Vendrán de nuevo esta noche, esta vez ya no creo que sea capaz de aguantar.
—¿De qué estás hablando? ¿Quién vendrá esta noche, Mike?
—Las manos… las voces.
Para ese punto ya me estaba asustado. Balbuceé estúpidamente un par de veces, y luego dije, estúpidamente:
—¿Qué manos?
—Por la noche miro el árbol por la ventana y luego todo se pone negro. Entonces veo decenas, cientos, miles de ellas empujando contra el vidrio.
—¿Y… qué haces?
—Retrocedo, durante toda la noche, pero estoy cansado. No puedo mantenerlas afuera más tiempo. Y las voces… las voces dicen que tengo que dejarlas entrar, voces de niños pequeños. Voces y manos de niños pequeños.
Bajó la voz hasta ser un susurro. Me di cuenta, por lo que dijo luego, que estaba luchando para contener el pánico.
—Y a veces, veo sus caras —dijo, con voz temblorosa.
Lo acompañé a su casa. Se detuvo en la puerta y finalmente, levantando el rostro, me dijo:
—Dile a Vince que puede quedarse con mi Nintendo. Él no tiene uno y su madre no le comprará uno. Richard puede quedarse con mis discos. Sé que a ustedes no les gustan, pero a él sí.
—Empecé a decirle algo, pero se dio vuelta y entró en su casa. Me gustaría haber llamado a la puerta y ofrecerle quedarme con él, pero teníamos dieciséis y los chicos de esa edad ya no hacían eso. Me fui a mi casa. Dormí mal, asustado, escuchando cada crujido y quejido que hacía la casa.
Generalmente dormía con las persianas abiertas, pero esa noche, cerré todo.
Al día siguiente nos enteramos de que alguien había irrumpido en la casa de Mike. Vi una patrulla de policía en la entrada de su casa. Mis peores temores se confirmaron cuando noté que la ventana de Mike era la que había sido violentada. Mike había desaparecido, y fue todo lo que nos dijeron. Nos hicieron muchas preguntas, buscaban algún pervertido que lo hubiera secuestrado, pero no obtuvieron información de nosotros puesto que no teníamos nada que ver… lo que no era del todo cierto. Su foto apareció en todos lados, y todavía lo están buscando.
Cuando todo terminó, me fui a la biblioteca para investigar qué mierda había pasado, pues el internet no era tan eficiente en aquella época. No encontré mucho. Lo más relacionado que encontré fue algo que aprendí tiempo después, en mi clase de historia universal. Al parecer, los sacerdotes egipcios usualmente se encerraban a sí mismos en ataúdes el tiempo suficiente para morir, mientras que luego eran resucitados y así podían contar lo que vieron en el inframundo, el tiempo que estuvieron muertos. Sólo puedo pensar que por el clima, o por la electricidad en el aire, Mike pudo tener una experiencia más intensa que la nuestra. Tal vez golpearme la cabeza me salvó de lo que él sufrió, no lo sé. Es algo que no termino de entender. A veces acordarme de todo esto, me hace temblar


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